sábado, 28 de marzo de 2015

CAPÍTULO PRIMERO




La galería pese a estar concurrida transmitía la serenidad del espacio blanco y diáfano. Estaba repleta de ese ronroneo de risas y conversaciones a media voz que la gente bien educada de forma instintiva, entienden que en presencia de cuadros uno debe de bajar el tono y parecer distinguido. La pintura invita a la reflexión y a la contemplación... Aunque no necesariamente ha de ser auténtica.

Por ejemplo, Olive sabía que aunque muchos de los allí presentes se afanaban por parecer pensativos, traspuestos por la sencillez de las formas y la intensidad de los colores, pero en realidad una buena parte de ellos sólo llegaba a discernir unos pocos matices de la auténtica intención del cuadro que tenían delante. Y muchos de esos observadores deslizaban la mirada por el rabillo del ojo, pues estaban más preocupados porque el camarero volviera a pasar con la bandeja de esos canapés de melón tan exquisitos, que de tratar de interpretar nada.

Pero el catering estaba realmente bien. Olive se había sorprendido bastante con el despliegue de medios con el que se había implicado la galería, más a tener en cuenta que aún no era una pintora muy reconocida.

“Esto es lo normal, niña” le había dicho su madre al rato de estar allí “lo que tienes que hacer es actuar como si ya estuvieses acostumbrada, porque como alguien se dé cuenta de que te asombra el lujo te tratarán como la paleta que eres”.

Olive pasó buena parte de la tarde recibiendo a los invitados; sonrió, estrechó manos y dio las gracias, le dedicó un buen rato a una pareja de gays que se deshicieron en halagos y no dudaron en compararla con Gertrude Denssel o llamarla la Cooper de los 50, “algo desproporcionado” “¡qué más quisiera!” y de ahí pasó a un corresponsal de la revista Future and Canvas con el que había quedado hacía dos semanas para hacerle un pequeño reportaje. Ella había estado muy emocionada por aquella entrevista, se había preparado algunas cuestiones importantes y aconsejada (por su madre) había llamado al entrevistador una semana antes y le había pedido las preguntas que iban a formularle para poder meditar detenidamente las respuestas.

Finalmente resultó ser el fiasco de la velada.

El reportero, un muchacho sin sangre que seguramente trabajaba como becario en la revista sin cobrar gran cosa, estaba más interesado en mirar su reloj y perseguir las copas de champange (y a la camarera que llevaba la bandeja con las copas) que en lo que ella tenía que decirle. Sacó la grabadora, le formuló las preguntas en el mismo orden y tal y como se las había transmitido a ella por teléfono, y al terminar le dio las gracias cortesmente y se marchó. Le quedó a Olive un extraño y amargo sabor de boca, pues esperaba más calidez y dedicación en algo tan importante como era su primera entrevista pública. “Es como perder la virginidad brutalmente con un jugador de rugbi y que al terminar te de las gracias y se despida con la mano”.

“Te quejas de vicio, niña” había dicho mamá Hardenbrook, “mírale el lado bueno; si ha sido tan frío es porque has pasado desapercibida como una famosa pintora más”.

Olive no se lo terminaba de creer.

Se relajó un poco cuando fueron llegando su grupo de amigos, Sussi, Taylor, y los chicos del taller, y también cuando aparecieron su hermana Violet y su marido Gerald. Papá como siempre se evadía del grupo cuanto podía para robar algunos canapés y pedir un par de cervezas.

-¿Este es el famoso vestido?- le dijo Sussi después de abrazarla. Ella era su “muy mejor amiga” (una pequeña broma entre ellas haciendo referencia a la película Forrest Gump), y aunque Sussie había tratado de sonsacarle algún detalle del vestido desde hacía semanas no había conseguido que Olive soltase palabra.

- Este es. ¿Qué te parece?

- Me gusssstaaaatatata... - dijo su amiga chasqueando los dientes con fingida lujuria.

A Olive siempre le había gustado cómo le quedaban los vestidos largos y entallados. Este era cerrado hasta el cuello, de satén en color blanco y con grandes flores rojas. Ella no tenía una cintura demasiado marcada, ni caderas, ni demasiado muslo, ni tetas... Después de haber adelgazado tanto durante la adolescencia la recuperación de la grasa en ciertas zonas le había sido casi imposible. Su figura era más bien rectilínea y sus pechos eran un poco más grandes que una mandarina. Debía compensarlo ciñéndose la ropa y resaltando el busto hasta donde pudiese con ayuda de sujetadores con relleno. Aún así no tener curvas le resultaba un alivio, no le gustaba llamar la atención con su físico, pero su altura y su cara no ayudaban demasiado. Era bonita, con una cara dulce y aniñada, labios pequeños y delicados, la nariz bien operada constelada por traviesas pecas marrones bajo sus ojos verdes.

- ¡Verdes como las aceitunas! - decía papá Hardenbrook dándole dos sonoros besos en las mejillas - ¡Mmmm... qué ricas!

Lo cierto es que el color verde de sus ojos no se parecía demasiado al de las olivas, era más semejante al de la hierva recién cortada del campo de fútbol donde Steve llevaba a entrenar a los chavales. A su entender correspondería más al óleo Old Holand tonalidad D44.

Llevaba el pelo ceniciento recogido en una elegante trenza y había dejado que fuese su madre quien la maquillase, de lo contrario estaba segura de que habría pasado toda la tarde aguantando sus pegas; que si se había maquillado poco era muy vulgar, que si se había pintado mucho parecía un payaso de circo...

- Qué guapa está mi chica ¿verdad? - decía su novio Steve al tiempo que la cogía de la cintura y le daba un suave beso en los labios.

Olive suspiró molesta. No pudo evitar pensar que lo hacía porque los chicos del taller de pintura estaban delante hablando con ella, algo así como si Steve estuviera tratando de marcar lo que era suyo. No le gustaba que hiciese eso. Le parecía estúpido e innecesario, algo más digno de un cromagnon que de un hombre adulto moderno.

No quiso hacerle más caso del que merecía. Se dedicó a atender a sus invitados y a comentar algunas de las pinturas a quien quisiera escucharla. Encontró gratificante que muchos de sus amigos no conocían sus cuadros y quedaban sorprendidos al ver que tenía talento. Era un caramelo para su ego cuando alguien se acercaba y le decía que estaba al tanto de que era pintora pero que no sabía que lo hiciese tan bien.

- Además, - le confesó Claire, una de las maestras de la escuela de danza – lo normal es que a mí la pintura no me guste. Sinceramente, chica, me aburre. Siempre que me hablan de cuadros me imagino la galería de Portland donde me llevaron de pequeña, con todas esas pinturas del puerto y de bodegones... Pero esto es otra cosa. Lo tuyo son más retratos ¿no? Y tienen un ambiente así como inquietante ¿no? Parece que es fácil saber lo que tratan de decirte, como que conoces a la persona que está pintada ¿verdad? Muy bien. Me gusta, me gusta...

Olive se había afanado en desarrollar un tipo de técnica que gustaba en llamar propia, aunque en general el retrato ya disponía de dicha intención, que era “reconocer” a la persona que surgía en la pintura que se tenía delante. Era una técnica que ella llamaba “psicopictórica”; pasaba mucho tiempo junto a la persona que quería dibujar, veía fotos, dibujos, hacía entrevistas... Básicamente conocía en profundidad a la persona antes de dar sus primeras pinceladas.

El primer retrato que hizo fue el de Nancy, una de las chicas de la terapia del centro de tratamiento contra la anorexia. Nancy era una niña de quince años que había tenido problemas en el colegio y se había centrado en la bulimia como forma de autodeterminarse, de proclamar “Soy bulímica” y llevarlo como una bandera. La madre de Nancy no hacía más que decir que era una llamada de atención.

En el centro eran muy estrictos con las fórmulas de recuperación y terapia; control de las comidas, control de los baños, terapias individuales, de grupo, actividades... Aquí fue donde Olive empezó a pintar. Y descubrió sorprendida que se le daba asombrosamente bien.

Aquella niña, Nancy, entraba y salía del centro en periodos de aproximadamente cuatro meses. Se recuperaba, se iba y al tiempo volvía a entrar aún más delgada que antes. Olive tenía dieciocho años y, aunque había una diferencia de edad bastante grande, las dos chicas se llevaban muy bien y se hacían confidencias constantemente, hablaban y desarrollaban los temas de conversación que surgían en el grupo de terapia. Comían juntas, lloraban juntas, cuando alguna estaba fuera nunca perdían el contacto.

Un buen día, después de una conversación muy íntima, Nancy le confesó que su padrastro abusaba sexualmente de ella.

Olive quedó horrorizada, terriblemente consternada. Eso era algo que Nancy no había contado nunca en terapia y, pese a la insistencia de Olive para que se lo contase a un responsable del centro, nunca llegó a decir nada. Olive dedujo, e incluso trató de convencer a Nancy, de que ese era el principal problema que causaba su bulimia; Nancy en el centro estaba segura y no comer era el medio para seguir allí. Cuando era el momento de marcharse empeoraba un poco y al volver siempre estaba peor.
En una de las épocas en que Nancy estaba fuera del centro recibió un email de ella. La chiquilla estaba desesperada e incluso llena de angustia le comentó que sospechaba que estaba embarazada. “Mi madre lo sabe” le había confesado en su carta, “ahora me he dado cuenta de que mi madre siempre lo ha sabido y le da igual”. Nancy murió dos semanas más tarde. No quisieron decirle cómo pero ella lo sabía, había notado la desesperación en ese mensaje.

En lugar de entregar aquella carta a alguien, en lugar de denunciarlo, pintó el polémico cuadro.
Era siniestro (“la mayoría de las personas tienen su lado siniestro, querida”), y bello al tiempo. Nancy ni siquiera aparecía delgada como ella la había conocido, sino que se fijó en una foto de cuando la chica tenía doce años y estaba bella y sana. La retrató iluminada únicamente con la luz de un flexo, y en su cara se reflejaba una profunda pena. La pintó sentada a una rústica mesa de madera vestida con el camisón de la enfermería; en una mano, posada sobre un bol de frutas, estrujaba en tensión una naranja madura, en la otra sostenía su móvil de color rosa, copiado al detalle, donde se leía claramente el número 22114, el número de atención al maltrato del menor. De sus piernas cruzadas debajo de la mesa surgía un hilillo de sangre hasta sus pies desnudos. En el fondo aparecía la habitación de Nancy en su casa, en penumbra, y de la puerta entreabierta de su cuarto surgían amenazantes dos manos masculinas.

La profesora de pintura quedó muy sorprendida. No sólo porque la técnica era impecable y los trazos potentes, sino obviamente por el contenido. Aún así no dijo nada.

Olive hizo una foto de la pintura y la colgó en la web de despedida que la familia había dedicado a la chica en las redes sociales. “Es lo menos que puedo hacer por ti. Lo que tú nunca te atreviste.” Rezaba el título. Según el rumor hubo mucho revuelo por aquel cuadro, aunque ella nunca quiso saber nada. Recibió mensajes, emails, llamadas... Que Olive nunca contestó.

Salió del centro pocos meses más tarde llevándose el cuadro consigo. Fue el comienzo de una seria afición al óleo. Hizo cursos por correspondencia, cursos presenciales, fotografía, holografía, óleo, difusores, técnica digital, modelado sintético, aerógrafo... Luego pintó más cuadros. Se dio cuenta con el tiempo de que cuanto más se implicaba con las personas que pintaba mejor y más impactantes eran las pinturas; pintó a Dolores de setenta años y su desbordante energía, Todd y su cuidado obsesivo por su caña de pescar, su sobrina pequeña Megan después de su terapia, Steve con su equipación... Empezó a hacer encargos, pintaba cuadros propios que luego vendía por internet en las redes sociales, creó una página web...

Llegaron a ofrecerle dos mil quinientos dólares por el cuadro de Nancy. Al principio lo puso por mil dólares pensando que nadie pujaría, sólo para hacer bulto en la página y de paso mantenerlo publicado que era lo que ella quería. Recibió diez ofertas y subió el precio. Siguió recibiendo ofertas y lo volvió a subir. Al final colgó el cartel de vendido aunque lo dejó donde estaba. Nunca quiso venderlo.

Y ahora lo tenía delante, siendo una pieza fundamental de la exposición. Lo había colgado el primero de todos para que el observador fuera lo primero que viese, con una reseña que indicaba que aquel había sido su primer cuadro y que explicaba brevemente la vida de Nancy, sin llegar a mencionar su secreto, pero deslizándolo tan sutilmente entre líneas que quien lo leyese podría desgranar claramente su historia.

- Hija, qué siniestro. - sentenció su madre- De hecho toda esa parte me parece siniestra. No es por nada pero eso podría espantar a los clientes que busquen un enfoque, no sé... digamos, más alegre. ¿Lo has pensado? Piénsalo.

La parte a la que mamá Hardenbrook se refería era la que correspondía a las pinturas de toda la época que pasó internada en el centro de tratamiento a la anorexia. Que pertenecían a esa época o a las pinturas que hacían referencia a ella... que eran muchas. Fue un periodo muy importante en su vida que no podía ignorar, ni podía evitar que surgiera en su arte y que, sin embargo, mamá Hardenbrook prefería obviar a toda costa, como si nunca hubiese existido. La época del fracaso, de su incompetencia.

¿Pero de quién era el fracaso? Se preguntaba a veces. Ella estaba casi segura de que en la opinión de su madre el fracaso era de la propia Olive, ya no como bailarina sino también como hija. Era un sueño roto, una decepción. Y lo más lamentable de todo era que en parte Olive también lo creía. Se avergonzaba, sí, y también era partícipe de la decepción de su madre.

Berta Hardenbrook siempre había sido una mujer de carácter. Era elegante y educada, características que había logrado transmitir a sus hijas. Gracias a su mordaz ironía hacía amistades fácilmente y las perdía con la misma facilidad. Podía estar toda la tarde esculpiendo a una persona a base de defectos y después sonreírle con dulzura como si no pasase nada. Pero por encima de todas las personas Olive pensaba que no había a nadie en el mundo a quien su madre guardase más rencor que a ella. Sus desdenes constantes, sus observaciones punzantes, su forma de mirar cuando estaba a su lado, de hablar, de caminar... Olive no se lo tenía en cuenta porque, después de todo, ¿no era ella misma la culpable de su desprecio?

Papá Hardenbrook, en cambio, era todo lo contrario. Era dulce y tierno, hacía galletas cuando sus hijas iban de visita, en invierno compraba calcetines gordos con dibujitos para todos y llamaba un día sí y otro no porque “no quería agobiarla” llamando todos los días, pero “si por él fuera lo haría. Y hasta dos veces al día si le dejaran”.

Su padre era lo más parecido a una madre que Olive había tenido. No sabía en qué momento se había aficionado John Hardenbrook a la repostería creativa, pero sospechaba que tenía algo que ver con la falta de ganas de comer de Olive durante su adolescencia y en aquella época habían sido incansables los esfuerzos de su padre por tentarla con dulces para que pudiera seguir con su vida. No fue sólo eso, pero el cariño que su padre imprimía a todo la animó mucho a salir adelante.

Y ahí estaba, después de tantos años, tanta magdalena y tanta cerveza casera (sí, papá también tenía un taller clandestino de lúpulo), medía metro ochenta y cinco y pesaba casi ciento veinte kilos de puro amor. Y ni siquiera la estirada de su mujer podía resistirse a darle achuchones de vez en cuando.

- ¿Un canapé señora?

-Uy... no, gracias. - dijo con desdén mamá Hardenbrook – Ya he comido mucho y algunas queremos conservar la línea.

La verdad, y todo sea dicho, que Berta a sus cincuenta y cuatro años estaba estupenda. Perfumada, el cutis cuidado, delgada y espigada, las canas bien camufladas de rojo cobrizo, con un traje de chaqueta ni muy sobrio ni demasiado juvenil...

-Chica, Violet – dijo refiriendose a su otra hija- ¿no tenías otra cosa que ponerte? Ese vestido te queda como un saco.

- ¡Ay, mamá déjame en paz! Ya estás tú para hacer de diva.

Violet se reía y le daba la espalda dejándola farfullando y con la palabra en la boca, pero Olive no era así, no se veía capaz de contestarla de esa forma. En cierto modo envidiaba y admiraba a su hermana por poder hacerlo. Era verdad que Violet había engordado mucho con los tratamientos de fertilidad y que aquel vestido rosa palo ceñido bajo el busto no le quedaba nada bien, pero que se la llevasen los demonios si Olive no se cambiaría por ella y poder sentir que todo lo que dijese su madre le importase un rábano.

Olive en ese momento echó un vistazo a su alrededor y se dio cuenta de que allí había mucha gente, mucha más de la que ella había esperado. Se acercó a James Ollard, el marchante de la galería y organizador de la exposición, y no le hizo falta hablar para que él notara que estaba preocupada.

- Tranquila, - le dijo – está todo controlado. Hay comida y bebida de sobra, ya te lo dije ¿o no? Ahora tú sólo preocúpate por atender a tus invitados.

Era verdad que hacía unos días habían hablado y aunque James parecía muy optimista Olive quiso bajarle de las nubes aduciendo que sus ventas no eran para tanto y que probablemente no fuesen más de cien personas.

- Tú déjamelo a mí – había dicho con su grave voz de tenor que parecía no caber en un cuerpo tan delgado – Conozco mi negocio, Olive. Si no supiese que la exposición iba a ser rentable no hubiese accedido a hacerla.

Olive se había encogido de hombros y le había dejado hacer. Ahora resultaba que tenía razón.
Allí había congregadas más de doscientas cincuenta personas y lo que le resultaba aún más asombroso era que la mayoría de ellas no eran amigos ni familiares suyos.

Al parecer el trabajo de Olive estaba en puestos muy elevados de rankings de páginas en internet como worldart.com o devianart.com dedicadas a la libre divulgación de dibujos y pinturas. Este eran un tipo de grandes redes sociales que alojaban los trabajos de miles de artistas internacionales y facilitaban muchísimo darse a conocer, algo que es muy importante en un oficio tan poco agradecido como el del artista pictórico. Precisamente por eso, porque el lienzo no es muy valorado, era por lo que Olive no esperaba demasiada afluencia de un público extraño.

Se había facilitado en la tienda de souvenirs la posibilidad de imprimir la mayoría de los dibujos de Olive en algunos artículos como tazas, posters, bolsos, camisetas, o cuadernos, y parecía que estaban teniendo mucho éxito. No dejaba de ver a gente entrando y saliendo de la pequeña tiendecita y por lo que podía ver en su interior a través de las vitrinas estaba bastante llena. Lamentablemente no todos sus cuadros estaban presentes en la galería, y no había conseguido el copiright de todos los cuadros para poder imprimir el merchandaising, por lo que muchos posibles clientes le preguntaban decepcionados por los cuadros ausentes. Para suplir la ausencia de esas obras se habían instalado copias de los originales que Olive no había podido recuperar para la exposición. Era de esperar. Olive había mandado emails a los actuales dueños de los cuadros para solicitarlos a modo de préstamo, eso sí, con garantías y previo pago de una fianza para asegurar que la obra se mantenía en buen estado. Sin embargo salvo aquellos clientes más allegados que vivían en Portland o en sus inmediaciones los demás se habían negado. Obras que debían llegar de Montreal, Nueva York, Los Ángeles, e incluso Dublín, ya daba por sentado que no volvería a verlas nunca. Sus dueños habían declinado la oferta, aduciendo que era mucha molestia y que no querían arriesgarse a que la obra sufriera desperfectos.

- ¿Y qué esperabas niña? - Había espetado mamá – Si yo compro algo es mío y punto. Si es mío, es mío, y no hay más que hablar.

Sin embargo la mayoría habían aceptado ceder el copyright de las imágenes a cambio de una pequeña comisión de las ventas en tienda. Sólo tres de los cuadros no estaban disponibles; uno cuyo propietario en Miami no contestó con antelación suficiente como para preparar el papeleo, y otros dos de un cliente en Los Ángeles que no se molestó en contestar a ninguno de los emails que Olive le había enviado. Este último en particular le fastidiaba muchísimo; no es que esperase volver a ver a “La bailarina” pero le hubiera gustado al menos poder compartirla con sus allegados imprimiendo algún recuerdo, o adjuntándola en el álbum recopilatorio que se vendía en la tienda por treinta dólares. En cambio sólo habían podido imprimir una copia en falso óleo para la exposición, sin el holograma adjunto, y nada de souvenirs.

Ahí estaba la pobre “bailarina”, en opinión de Olive bastante deslucida sin el holograma. Era un cuadro en el que se había retratado a si misma con un vestido de su invención; un vestido de lana azul eléctrico al que le había puesto un gran flotador de su sobrina bajo la falda y que en el lienzo le daba un efecto abombado con un estilo muy de ropa estrambótica de alta costura. Llevaba puestas las zapatillas de ballet, pero estas no se ataban con lazos, sino con cadenas y grilletes que se clavaban en su piel y las hacían parecer muy pesadas. Pese a todo ella era grácil y se mantenía en pie mirando al frente, desafiante al espectador. Caminaba por el centro de una calle vacía, no una cualquiera sino la calle donde estaba la Joffrey Ballet School donde había dado clase los últimos dos años de su carrera como bailarina. En su dibujo los edificios a los lados estaban en ruinas y el asfalto agrietado y deslucido no parecía el mejor lugar para ir de puntillas. Al fondo, muy lejos, tras ella, podía verse difuminado un campo con algunos almendros en flor. El holograma ahora ausente representaban grietas que salían del propio cuadro y que se integraban perfectamente en la pared y el marco haciendo parecer que estos se desgajaban. Era algo de lo que Olive se sentía muy orgullosa de lo bien que había quedado, más aún teniendo en cuenta que la técnica era compleja y que aquel cuadro era uno de los primeros a los que le incluía un holograma. Sin él la pintura llamaba la atención pero ya no era lo mismo.

-Olive – dijo Ollard sobresaltándola. Se había quedado mirando obnubilada su propio cuadro y había perdido la noción de lo que tenía alrededor – Perdona, no quería asustarte. Tienes que dar tu discurso.

-Pues ahora sí que me has asustado. - rezongó.

No era demasiado buena hablando en público, se trababa aunque lo llevara todo escrito en un papel y al final siempre se perdía en algún punto y le costaba retomarlo. “¡Yo soy pintora!” decía a todo el mundo “¡no político, ni conferenciante, ni presentadora de la tele!” Le temblaban y le sudaban las manos; definitivamente aquello no era lo suyo.

-Buenas noches amigos... Bueno ante todo yo quería daros las gracias por venir, esta es una noche muy especial para mí y... bueno... esto... la verdad que no esperaba que viniera tanta gente... Me voy a sacar mi papel ¿vale?

Todo el mundo se rió con esto último, aunque fue la única nota humorística de todo el discurso. El resto, aunque no fue muy largo, era una letanía monótona sobre el valor de las experiencias vividas para aportar brillo a su obra, que el calor de la familia era el motor del trabajo bien hecho y bla, bla, bla...

Papá parecía orgulloso. Mamá en cambio suspiraba aburrida.

Todo el mundo aplaudió entusiasmado al final aunque Olive estaba convencida de que lo hacían por compromiso. Cuando por fin se relajó, puesto que lo del discurso era lo que más le preocupaba, se comió algún canapé y un par de copas de champange que Steve le iba trayendo.

“Este quiere tema... Seguro que se piensa que si me emborracha va a tener fiesta esta noche... Pues lo lleva claro porque no estoy para fiestas”

Miraba a su novio con recelo cada vez que le llevaba una copa y le daba un beso en la mejilla.

- ¡Para mi pintorcita!

Ahora la adulaba, pero lo más curioso es que en casa siempre se andaba quejando del olor del óleo y le soltaba, medio en broma, medio en serio, que si ella no tuviese ocupada la segunda habitación con sus pinturas él se habría podido hacer un cuarto de juegos con un proyector enorme. Olive se mordía la lengua por las ganas que tenía de decirle que si ella no vendiera cuadros no habría sido posible tener aquella casa... Le resultaba exasperante la facilidad con que la hipocresía de Steve salía a relucir cuando había gente delante. Igualmente jamás le diría nada, daba por sentado que nunca cambiaría.

- Muy bien el discurso hermanita. - dijo Violet sacándola de sus pensamientos – Has dicho cosas muy bonitas.

- Pfff... Sí, claro, en realidad ha sido deprimente. Sólo me falta dedicarme a los sermones de velatorios ¿no crees?

- Exagerada. A mí me ha gustado.

- Sólo te falta meterle un poco de chispilla – intervino su cuñado Gerald-. Algún chiste, ya sabes. Pero ha estado bien, de verdad.

Olive quería creerles pero la cara de su madre le decía lo contrario. Estaba segura de que su padre habría hablado con ella para que no le dijese nada, porque de lo contrario se habría tirado contra su discurso a degüello.

- Señorita Hardenbrook – dijo Ollard con respeto acercándose a ella con aire ansioso. - Disculpa Olive, hay una dama que quiere verte. Ya le he dicho que la venta de los cuadros corre de mi cuenta pero insiste en hablar contigo.

-¿Quiere comprar un cuadro? - preguntó emocionada.

- Dice que sí, aunque no me ha especificado cuál. Mejor habla tú con ella y sé muy, pero que muy amable. Su nombre es Sophie Lamare, es una mujer distinguida de mucho caché, aunque he tenido que buscar su nombre en internet – los dos rieron mientras andaban entre la gente – Pero el caso es que es una mujer con dinero que tiene muchos contactos, luego hablamos y te cuento lo que sé. Ahí está.

La mujer en cuestión era bastante alta, morena con el pelo largo de un tono color chocolate de alto reflejo, sus piernas esbeltas destacaban a través de una falda de tubo y se arrebujaba en una estola oscura de pelo suave de bisón.

- ¡Uff, qué frío hace aquí! - la oyeron suspirar.

Su cara era atractiva, de líneas refinadas y elegantes. Tenía los ojos bonachones de un impermeable color marrón. Su edad; indefinida.

La cirugía y los tratamientos de edad a base de telomerasa hacían que fuese muy difícil deducir la edad de una persona sólo por su aspecto o sus arrugas, más aún si estábamos hablando de gente que manejaba dinero. Sophie Lamare lo mismo podía tener 40 años mal llevados que 70.
Iba colgada del brazo de un hombre obeso, tan pulcramente afeitado que le brillaba la papada y con un peinado que de llevar más laca él y su pelo rubio podrían haber sido usados como ariete.

- Tiene un aire como muy emocional ¿no? - dijo el gordo – Transmite mucha fuerza en las expresiones, ¡la verdad es que me encanta! Me recuerda a la expresividad de los cuadros de Rubens que vi en Roma, pero con un toque más brillante, más nuevo y fresco. Es fantástico querida...

- Sí, ¿verdad?

- Señora Lamare – interrumpió Ollard -, quería presentarle a la Señorita Olive Hardenbrook, nuestra artista del momento.

Olive se puso colorada con esta presentación. Parecía un título algo más típico de una cantante de música pop que de una pintora.

- Mucho gusto señora Lamare, es un placer.

- Oh, llámame Sophie. El placer es mío Olive. ¿Sabes? Cando venía para acá pensaba que iba a ver la exposición de un hombre – soltó una pequeña carcajada que a Olive se le antojó muy simpática – pensaba que era Oliver y que se habían comido una “r”. - volvió a reír buscando la aprovación de los demás que la secundaron sin dudarlo.

- No se lo va a creer pero me pasa muy a menudo – confesó ella -. Siempre que han tenido que pasarme lista me han llamado Oliver... Supongo que mi nombre no es muy común.

- Es muy común – dijo el gordito – ¡yo lo uso en la ensalada!

Todos volvieron a reír, y aunque la señora Lamare le había caído bien, el otro hombre le pareció el típico idiota amanerado que se cree que por ser gay ya hay que escuchar con atención todas las sandeces que dice. O sea que le había caído gordo.

- Oye Olive – dijo Sophie – una de las cosas que me encantan son tus reseñas. Lo explicas todo perfectamente. El resto de los pintores te ponen un cuadro con cuatro pinceladas y dos monigotes abstractos y tienes que imaginar lo que es, pero tú lo explicas todo a la perfección, indicas dónde tenemos que mirar y qué significa cada cosa. Se agradece la verdad.

- Me gusta que le guste, Sophie. - la siguió el juego para ver a dónde la quería llevar. Ollard aprovechó para guiñarle un ojo y desaparecer, dejándola a solas con sus potenciales clientes. - Para mí es muy importante que el espectador sepa lo que quiero decir. Si lo que expreso no llega a los demás siento que he hecho el trabajo a medias.

- Ah, eso está muy bien – dijo el gordito.

- Muy acertado, sí señor... - dijo la señora Lamare.

La forma de hablar de la mujer era cadente y parsimoniosa, como si quisiera ponerle un aditivo de excelencia arrastrando las frases tras de si. Le recordaba a Olive la forma de hablar de su madre, pero con un toque adicional de distinción que la primera no parecía llegar a conseguir aunque mucho le hubiese gustado.

Se habían parado a contemplar un cuadro llamado “El payaso virtuoso”. Olive quedó fascinada cuando fue a ver al Cirque du Soleil en su gira por la costa este cuando el espectáculo pasó durante unos días en Portland. En el cuadro aparecía André Riel, uno de los chicos que hacía piruetas, saltos y malabares durante el espectáculo. No era payaso como tal pero llamaba la atención y animaba al público haciéndoles bromas desde las gradas. No lo conoció en el propio circo sino unos días después en un bar de copas. Hablaron y Riel tonteó con ella. Cuando le dijo que era pintora él le pidió encarecidamente que le pintara un cuadro. Ella aunque estaba segura de que el cuadro era una mera escusa para intentar seducirla otra vez acedió tentada por volver a ver el espectáculo y por la idea de que le presentaran a la troupe. Finalmente le hizo a Riel unas cuantas fotos en el camerino y se marchó cuando él estaba ocupado con otra cosa, amedrentada por la idea de dejar que un hombre que no iba a volver a ver nunca más pudiese llevársela a la cama. En el cuadro plasmó lo que vio y lo que sintió, la sensualidad del pecho de Riel, su tentadora piel negra como el café brillante bajo los focos, muy seguro de sí mismo se desmaquillaba bajo la atenta mirada del espectador, con la barbilla alzada y la mirada retadora, “aceptas el reto Olive”. Pero Olive no lo aceptó y nunca llegó a aclararse si pintó el cuadro con un deje de arrepentimiento o sólo había fascinación. En sí la pintura estaba hecha en colores fríos, en el fondo las carpas del circo y una luna entre algodonosas nubes era el foco de luz que iluminaba todo con calma nocturna. Sin embargo el cuadro denotaba calidez y tranquilidad, el busto desnudo de Riel hacía sentir el calor del verano y de la seducción, su sonrisa sensual que invitaba a la placidez y al deseo.

Sophie Lamare miraba el cuadro con complacencia, como si la pintura le dijese más cosas de las que la propia Olive fuese capaz de ver o de las que hubiese querido expresar al pintarlo.

- ¿En qué era virtuoso este payaso? - dijo sonriente la mujer en referencia al título- Aquí no lo explicas...

Olive se encogió de hombros con inocencia.

- En hacer felices a las mujeres, supongo.

Sophie Lamare lanzó al aire una carcajada encantadora. Su secuaz la secundó sin dudarlo.

- ¡Vaya, qué maleducada soy! Olive te presento a mi amigo el blogger Klaus Bähr. Sabe más de pintura que yo, te lo aseguro...

- ¡Oh, qué modesta! Pero sí algo sé, entiendo un poquito de técnica...

- ¿De verdad? ¿y qué le parece la mía? - dijo Olive tratando de parecer humilde- Siempre estoy abierta a críticas para mejorar.

- ¡Pues es impecable, querida!¡Fabuloso! Hacía años que no veía esa pasión en los trazos y en las composiciones. Me recuerda a la técnica de Alan Cooper pero con temas más parecidos a los de Judith Dumond.

- No conozco a Judith Dumond, querido – manifestó la señora Lamare.

- ¡Oh, es deliciosa! Tiene pinturas algo siniestras pero suele inclinarse más... digamos a lo fantástico.

Obviamente aquel tipo o no tenía ni idea o estaba tratando de ofender a Olive... y ella se decantaba más por lo primero. Era un cultureta de pacotilla. Ya eran varias las personas que comparaban su técnica a la de Cooper, con cuadros que jugaban mucho con el contraste oscuro y con colores vibrantes. Pero Dumond, aunque no era desdeñable, no había tocado un lienzo en su vida; era más bien una artista de tableta gráfica que de cuando en cuando jugueteaba con el aerógrafo. Su estilo partía del modelo realista y se movía entre el steampunk y la ciencia ficción algo subidita de tono, pero que al fin y a la postre no contaba nada, no decía nada, sólo mostraba a maniquís extraños con ropas pintorescas posando ante una cámara inexistente. Eso para Olive que le dedicaba tanto esfuerzo a profundizar en sus modelos era casi un insulto.

- Bueno... - terció ella tratando de ser amable – Dumond es una gran artista aunque no pinta al óleo y...

- Ya, ya, querida, - la cortó incómodo el gordito – pero yo me refería a las escenas, a las representaciones. A mí me gusta mucho, compré un par de camisetas de esas con esa forma tan rara y con dibujos de ella para mis sobrinas. ¡Les encantaron! - dijo volviéndose hacia Sophie e ignorando a Olive- ¡Si tienes un adolescente en tu vida triunfas con un regalo así!

- Gracias a Dios no lo tengo – dijo la mujer mirando otros cuadros – Y mis sobrinos ya son mayorcitos. Es que a los adolescentes no los aguanto...Yo tampoco – dijo Olive hablando en voz queda, pensando que nadie la escuchaba.

- Me parece que tenemos muchas cosas en común, querida. - dijo Sophie agarrándola del brazo - ¡Uff qué frío hace aquí!

Fue entonces cuando Olive se dio cuenta de que la mujer, aparte de oler a un perfume delicioso con toques de magnolia, sólo llevaba un vestido de tirantes debajo de la estola.

- ¿Quiere que le pida una chaqueta o algo así? Veo que tiene frío.

- No, cariño. Si me voy a ir ya. - Se quedó cayada mirando un cuadro de la bahía de Portland al atardecer donde salía Violet apartándose el pelo de la cara. - Mmmm... Me gustaría invitarte a comer y así hablar sobre negocios. - dijo sin apartar la vista de la pintura – Lo que quiero proponerte no es algo que se pueda hablar sin pensar y tengo que hacer algunas llamadas.

- Bueno... claro...

- Estaré hasta el lunes en Nueva York y puedo acercarme hasta Boston mañana, el domingo no. ¿Te parece bien mañana?

Olive se quedó de una pieza. ¿Qué contestar? Ella tenía planes y aquella mujer le pedía una reunión sin informarla de nada, sin decirle qué quería o lo que andaba buscando. Todo con ese pudor del hombre rico que se resiste a hablar del dinero porque es algo de mal gusto.

Por otro lado Ollard había dicho que el dinero de Sophie Lamare era mucho dinero...

- Bueno – asintió con una tosecita – mañana tenía una comida familiar pero supongo que puedo posponerla al domingo...

- ¡Entonces arreglado! Le he dado mis datos al señor Ollard. Me llamas mañana sin falta a eso de las... ¿diez?

Bähr sintiendose el gran olvidado lanzó una tosecita.

- ¿Crees que estarás presentable tan temprano, cariño?

- Bueno, tienes razón... Aunque en teoría me hacían la manicura a las once... En fin, llámame a las once y media y ya veré cómo te cojo el teléfono.

Se despidieron con dos besos y la mujer y su séquito salió de la galería con la misma discreción con la que habían entrado.

Ahora había bastante menos gente puesto que empezaba a hacerse tarde y Olive veía impasible cómo los invitados se iban marchando, alguno hasta le dijo adiós con la mano.

“No os marchéis” pensó en broma. Se imaginaba agarrándose al tobillo de aquella mujer que la había saludado y arrastrándose por el suelo para impedir que siguiese andando. Casi se echa a reír allí sola.
Volvió a la sala central de la exposición a buscar a Ollard.

- ¿Qué tal la reunión? - dijo el hombre cuando se encontraron.

- No he entendido nada, la verdad. Se suponía que iba a pedirme algo o preguntarme algo y al final me ha invitado a comer. Podía al menos haberme preguntado si estaba disponible para hacerle algún trabajo o si me interesaba un encargo o qué se yo. Estoy segura de que quiere un retrato pero sólo me ha hablado del aire...

Ollard se echó a reír con aire paternal.

- Ay, Olive... La gente rica trata las cosas con mucha ceremonia. Ellos no quedan a comer, tienen reuniones. No van de compras sino que un personal shopper les concierta un pase de modelos privado. No van a la peluquería si no quieren porque piden que vaya el peluquero a casa...

- ¿También hacen pipí en retretes de oro y con música orquestal?

El hombre volvió a reír.

- Algunos sí. Y te sorprendería saber cuántos.

- Pero esta mujer tampoco me ha parecido lo más ¿no? Quiero decir que parece que tiene dinero pero también hay personas a las que le gusta aparentar más de la cuenta. - vio que Ollard le ponía un gesto compasivo – Bueno tú sabes más de ella que yo...

- Lamare es una de esas viudas alegres... y ricas. Fue modelo durante los años 20 y se casó pronto con el dueño de una empresa metalúrgica. Y también enviudó joven. - Ollard suspiró- Desconozco si lo pasó mal o no, pero no volvió a desfilar y tampoco tuvo hijos. Heredó toda la fortuna del señor Lamare y desapareció de la escena pública hasta el 2032. Eso es al menos lo que he encontrado en internet sin indagar demasiado.

- ¿Y luego qué hizo?

- ¡Ay, amiga! - dijo sonriente- Ahí está el kit de la cuestión. ¿Conoces el Club Sherezade?

Olive pensó un momento tratando de hacer memoria pero a parte de lo relativo a “Las mil y una noches” aquel nombre no le decía nada. Negó con la cabeza.

- Pues ella es la dueña. Y tú no lo conocerás... - dijo con sonrisa misteriosa- pero el resto del universo sí.